Madre y recién nacido: Un vínculo que parte del cuerpo

Con el embarazo se activan una serie de cambios físicos, fisiológicos y neurales que corresponden a cambios análogos a nivel psicológico. En conjunto, estas transformaciones fomentan el vínculo que se desarrollará entre la madre y su bebé.

¿Cómo y por qué cambia el cerebro de las mujeres embarazadas?

A partir de la concepción, el cuerpo de la mujer se prepara para recibir al bebé a través de diversos cambios fisiológicos y físicos orquestados por un aumento en la cantidad de hormonas, principalmente estrógenos y progesterona, que también regulan la morfología neuronal.

Un estudio reciente de Elseline Hoekzema y sus colegas ha demostrado de hecho cómo el embarazo modifica estructuralmente el cerebro de las madres, precisamente en aquellos áreas dedicadas a la sintonía afectiva con los estados mentales de sus hijos.

Las resonancias magnéticas de mujeres embarazadas revelaron una reducción, ausente en mujeres no embarazadas, en el volumen de materia gris en las áreas del cerebro involucradas en cognición social y en los circuitos neuronales asociados con «Teoría de la mente», es decir, la capacidad de atribuir emociones, creencias, deseos, necesidades e intenciones tanto a uno mismo como a los demás.

Estas reducciones de la materia gris, presente en las madres pero no en los padres, podrían estar relacionadas con una proceso de refinamiento y especialización de los circuitos cerebrales útil para facilitar la transición a la maternidad: «Los cambios reflejan, al menos en parte, un mecanismo de» poda sináptica » […] donde se eliminan las sinapsis más débiles para dar cabida a las redes neuronales más eficientes y especializadas ”, explica Hoekzema.

Se encontró que los cambios observados eran estables y altamente consistentes hasta dos años después del nacimiento (a excepción de la región hipocampal, responsable de la memoria), resultando también predictores del tipo de apego en el posparto.

Por tanto, la madre parece tener una «ventaja biológica» en la capacidad de representar internamente los estados mentales de su hijo y, por tanto, responder de forma afinada al menos hasta dos años después del nacimiento, es decir durante el período en el que el niño es incapaz de expresar sus necesidades con el lenguaje.

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Comunicaciones ocultas entre madre y bebé

Los padres que comprenden las necesidades, intenciones y emociones del niño a partir de sus acciones son capaces de brindar respuestas afinadas y adecuadas, favoreciendo así el vínculo de apego.

La forma de comunicación más inmediata puede parecer el lenguaje verbal, que de hecho es muy importante para los niños mayores, pero obviamente tiene una eficacia limitada para los más pequeños, que aún no hablan.

Además, las cosas que verbalizamos son solo aquellas de las que somos conscientes, mientras que hay una gran porción de información emocional que se transmite a través de acciones y gestos que escapan a la conciencia.

Especialmente en los primeros meses de vida, por tanto, la comunicación entre madre e hijo no es tanto «mente a mente», sino más bien «cuerpo a cuerpo»..

Hasta los 2 meses, por ejemplo, los recién nacidos colocados en el pecho de la madre adaptan su ritmo cardiorrespiratorio al de la madre, como si indicara una extensión externa de la vida intrauterina.

El cuerpo materno también se adapta al del recién nacido: si los senos de una madre están en contacto piel con piel con sus gemelos, reaccionan cambiando la temperatura, cada uno de manera diferente según las necesidades térmicas del bebé en ese seno.

Además, resultó que a los 2 meses de vida el cerebro es capaz de distinguir una caricia afectuosa, realizado lentamente, con cierta presión y temperatura, mediante un toque más rápido y menos cariñoso, lo que subraya la importancia de la dimensión afectiva para el equilibrio psicofisiológico del recién nacido.

Todos estos datos dan cuenta de uno «Relación encarnada» entre madre e hijo, una relación basada en una comunicación cuerpo a cuerpo de la que no siempre se es consciente, pero que es extremadamente importante para fortalecer el vínculo de apego y promover el equilibrio fisiológico y la identidad corporal naciente del niño.

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La importancia de romper y luego reparar

En los primeros meses de vida, madre e hijo son capaces de adaptar mutuamente sus estados psicofisiológicos, especialmente cuando están en contacto corporal cercano.

Estas fases de sincronía se alternan cíclicamente con momentos de ruptura, por ejemplo cuando el recién nacido siente malestar o tensión, que expresa con señales conductuales, corporales y emocionales. La madre sensible los recogerá e intentará calmar al bebé de diversas formas (con su voz, su mirada …) para restablecer una conexión tanto emocional como fisiológica.

Algunos eruditos afirman que La proximidad física, las caricias y los contactos afectivos, asociados a la sensibilidad materna hacia los propios estados corporales, son elementos clave en los procesos de «reparación encarnada», es decir, la capacidad de dos cuerpos de cambiar para sincronizarse entre sí..

En concreto, cuanto más sensible sea una madre a sus propios estados fisiológicos y viscerales (ritmo respiratorio, latidos cardíacos …), más dispuesta estará a captar las señales corporales de su bebé y, en consecuencia, podrá regular su participación interactiva con él.

El niño, a su vez, registra a través del cuerpo el grado en que la madre está sintonizada con su mundo mental, su disponibilidad para la cercanía física y el contacto afectivo. y sobre estos lenguajes corporales formará recuerdos afectivos implícitos y un primer esquema corporal.

En resumen, madre e hijo se encuentran de primera mano y luego se conocen mente a mente. Por eso es tan importante cualquier contacto piel con piel, como caricias y abrazos.

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